sábado, 20 de octubre de 2018

repetido en estrofas
cambiando el orden sucio
haciendo mil enroques con palabras
percutiendo
sobre el metal durísimo del tiempo

y vuelta a comenzar el crucigrama

tal vez me quede algo por decir
no sé
tal vez alguna brizna destelle y se haga eco
en una forma estúpida y obscena
para darle color al artificio

y puede ser verdad que todos estos charcos
se sequen sin remedio
que el loco se deshaga del andrajo
y se adapte al mutismo del cascote

o alguien juzgue errónea mi jugada

o asculten con un pie si aún respiro

o siga sin ser nadie siendo todos

de qué manera van a acobardarme
los tontos paradigmas de los tontos

lo supe de antemano      si esto se trataba de una guerra
antes de comenzar a dar batalla
ya me llevaba bien con la derrota

insisto
en solitaria y terca resistencia
percuto
mirando el pulso ciego de los días
aguanto
el mar de pus de este mundo mediocre


y si algo me enseñó morirme tanto
fue a que resucitara peor que antes

acaso el manantial fluya más lento
acaso el acarreo es siempre el mismo
mas nunca caracol
jamás silencio
no quiero un alma fría y mineral
sobreviviendo

si soy un adoquín
que alguien me alce
y me arroje con rabia hacia los vidrios
de los escaparates de los necios

viernes, 19 de octubre de 2018

para entender el cielo
necesito de pájaros

el vacío de dios no me molesta
ni las nubes
ni los cuentos que antes me contaron

podría soportar la misma muerte

para entender el resto que no digo
tengo tu amor llenándome las manos

no hay nada más sencillo de expresar
y en esta plenitud
comienzas a medir lo intrascendente

desdeño el mal aliento de otras almas
no le regalo tiempo a lo mezquino
elijo estar contigo cada día

no hay nada más sencillo de expresar

para entender la vida
te necesito a vos
volar
y respirar el cielo de tu alma

viernes, 12 de octubre de 2018

a veces siento eso

como cuando te agravian
los cuchillos del diablo
y un silencio perfecto

nos masacra el aliento
y ni nadie viniendo
por la calle vacía

yo lo ví con tus ojos
apretaba tu mano
te acordás
caminaba
en el viento del sur
en octubre
contigo

me llamó la atención
la faena infructuosa

albañil-cirujano
de la estética inútil

el revoque en el muro
el que mira hacia el este
y el ladrillo sin dientes
cuando entraba la tarde

es que el tiempo se queda
defendiendo recuerdos
bajo pátinas nuevas

y eso es tanta mentira

no me dejes mentir
no me dejes caer
no me tengas clemencia

yo soy esos ladrillos
conteniendo a los muertos

cementerio central
en el centro del abra
vos y yo de la mano
vos y yo para siempre
sin que nadie nos vea

lo demás es el resto
y no hace a esta historia

martes, 9 de octubre de 2018

ETI 19 - Ladies Of The Road - King Crimson


A flower lady's daughter
As sweet as holy water
Said, "I'm the school reporter
Please teach me", well I taught her.


Two fingered levi'd sister
Said, "Peace", I stopped I kissed her.
Said, "I'm a male resister",
I smiled and just unzipped her.

 
High diving Chinese trender
Black hair and black suspender
Said, "Please me no surrender
Just love to feel your Fender".

 
All of you know that the girls of the road
Are like apples you stole in your youth.
All of you know that the girls of the road
Been around but are versed in the truth.

 
Stone-headed Frisco spacer
Ate all the meat I gave her
Said would I like to taste hers
And even craved the flavor


"Like marron-glaced fish bones
Oh lady hit the road!"

DAMAS DE LA CARRETERA 

La hija de una dama en flor
(tan dulce como el agua bendita),
dijo: "Soy la reportera de la escuela.
Por favor, enséñame." Bueno, yo le enseñé.

Con dos dedos, la hermana en Levi's,
dijo: "Paz". Yo me detuve. La besé.
Dijo: "Soy feminista".
Le sonreí y bajé su cremallera.

La buceadora con rasgos chinos:
pelo negro y ligas negras,
Dijo: "Por favor, no hagas que me rinda.
Solo amo sentir tu Fender".

Todos ustedes saben que las chicas de la carretera
son como las manzanas que robamos en la juventud.
Todos ustedes saben que las chicas de la carretera
andan en la vuelta, pero saben muy bien la verdad.

La testaruda separada de Frisco
comió toda la carne que le di.
Dijo que me iba a gustar la suya
y que, incluso, añoraría su sabor

"como de espinas de pescado confitadas...
Oh, Dama, sigue tu camino!"

lunes, 8 de octubre de 2018

siempre he tenido un mundo entre las manos
y vuelos razonables

prendidas de alfileres
constantemente a punto de evadirse
un par de buenas cosas que creer
y poco más que eso

dentro del panorama devastado
debajo de las ruinas de este tiempo
respiro
mantengo la trinchera del iluso

qué más quisiera yo que reprocharme
la pésima visión
el ritmo de este amor destartalado

con solo unos bastones miserables

no obstante
siempre quedan pendientes los abrazos


entonces me dan ganas de escribir
de sacudir las piedras derrumbadas
de abrir los brazos para recibirte
y hay un color distinto que amanece

siempre he tenido un mundo entre las manos
pero no estabas vos para entenderlo

pero no estabas vos para explicarme
desde la suavidad de una caricia
que esto de andar así                día tras día
porfiando
                 resistiendo
                                      preguntando
tendría finalmente algún sentido

sábado, 29 de septiembre de 2018

Nuevo Mester De Juglaría - XI



JOSÉ MARÍA CANO
"Luces De Bohemia Para Elisa"

Luces de Bohemia iluminaban,
al salir de la academia,
los patosos caminares
de tus pies desorientados
a ambos lados de la realidad:
niña bailarina y yo, detrás...

De tus pantorrillas aceradas
yo colgaba mis miradas,
mientras iba maquinando:
"¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cómo y cuándo
se le ataca a una puberta en flor?"
¡Cuesta tanto armarse de valor!

Y exclamar con decisión:
"¿Llevas hora, por favor?"

Y hoy colgado de tu risa
soy un loco en la cornisa
haciendo equilibrios para Elisa.
De tus pechos diminutos
se desbordan los minutos
que hacen de las diez una injusticia.

Luces de Bohemia en cada diente,
contestate, sonrïente:
"Tienes un reloj enfrente.
Son las nueve menos veinte
y en mi casa cenan a las diez.
¿Por qué no me invitas a un café?"

Una vuelta del revés
y Don Juan fue Doña Inés.

Con más ansia que pericia
desabrochas mi camisa:
besos por botones para Elisa.
Y perdido entre tu pelo
soy un justo que ha ido al cielo
sin haber pisado nunca misa.



Letra y Música: José María Cano
Intérprete: Emmanuel

lunes, 24 de septiembre de 2018

odiaría extrañar
la copa de licor
la ramita marrón
el rincón donde hablamos de este mundo y el nuestro
tus plantitas
el aire
que se cuela despacio
y se roba sin ganas el olor del tabaco

odiaría no ver
tus pequeños milagros
tu ternura
tus manos
tu silencio que arrasa el vacío en mi alma

solo era contarte
que no pienso en aviones
porque vos me enseñás
a mirar mis zapatos

solo era decirte
y tachar de la lista
las palabras que siento
y que al irme no digo

porque si algo preciso
más que nada en la vida
es sentir que estoy vivo
porque vos estás viva

jueves, 20 de septiembre de 2018

voy mirando despacio
esas fotografías

la distancia es un túnel
y te da perspectiva


sé muy bien donde fui
sé muy bien donde estoy
sé el lugar que elegí
sé a dónde no vuelvo

abro y cierro los ojos

otro clic

y el pasado

queda quieto en las hojas
de un cuaderno amarillo

voy sonriendo sin prisa
saboreando el olvido de las viejas cornisas

el color degradado de las almas sin rostro
son oleaje confuso
las maderas podridas que ahora invaden la costa
son historias
son cuentos
son relatos que nadie propondría narrarme
los viví
me los trajo
la marea de antes
y al final de este túnel
cuentan cosas distintas


de naufragios
de orillas
 
sé muy bien donde fui
sé a dónde no vuelvo

qué otro saldo podría reclamar un fantasma

domingo, 16 de septiembre de 2018

hundido hasta la nariz en el nido de la rana
sin una cicatriz rayándote la vista
ahí donde no vas a mirar ni a detenerte
queda un poco de mí
igual a un charco

sobreviviente del amable cadalso del verdugo
tenaz pisoteador de pústulas de bruja
un segador austero de falacias
indómito y vulgar
entreverado
al punto de omitir sus enunciados
por entender que a nadie le preocupan

no quedan muchas cosas que me importen

si no fuera por vos
el transcurrir del írrito concierto
me ahogaría de tedio
pensaría en rescatar algún cuchillo
y cortaría al vuelo
tanto cogote inútil de gallina

me muevo a contraluz para evitar dar sombra
estoy aliado al ritmo sigiloso de los prófugos
me aburre el teorema propuesto por los tontos

si no fuera por vos me secaría

resisto a duras penas el cansancio
y la única frase en la que creo
empieza con tu nombre

sábado, 15 de septiembre de 2018

Los Cuenteros - III


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TEMPORAL
Anderssen Banchero

Ahora, en el invierno, el último ómnibus de Montevideo llega al parador alrededor de las once de la noche y bajamos siempre los mismos cuatro o cinco pasajeros, exhalando nubecitas de aliento que impregnan de humedad las bufandas de lana con que nos envolvemos la garganta y la boca. A esa hora es raro que en el parador haya algún otro parroquiano que los tres que tiritan alrededor de la mesa más apartada, también es raro que sus copas no estén vacías quizás desde hace horas. Igual se quedan allí hasta que cierran, hasta que don Alberto los tiene que echar a la calle.
Las calles están todas encharcadas y apenas se adivinan entre los fantasmas de los árboles que van surgiendo de la niebla uno a uno, cada pocos pasos.
Los tres parecen temer algo que los aguardara en el fondo de la noche y clavan en nosotros sumisas miradas de perros. Puede deberse a que mientras estemos los últimos pasajeros del ómnibus don Alberto no cierra o, acaso, sea una muda súplica para que alguno de nosotros les pague una copa.
Están siempre allí, en el fondo del bar, en el fondo de todas las cosas pareciera, magros, enjutos y encogidos como esos pajarracos de la costa que uno —estúpidamente— imagina que se deben morir de frío en el viento del mar. Son como tres desechos que hubieran traído a estas playas los vientos o la resaca y que aquí permanecen, apenas desgastándose en el aire salitroso, ajenos a todos los cambios, a que haya casitas nuevas y nuevas caras y a que las novedosas y fantasmales luces de mercurio estén encendidas por las noches entre los fantasmas de los árboles.
Remigio y Elíseo cuidan dos chalets que quedan vacíos en el invierno, ejercen desde allí, desde la mesa del bar, una especie de televigilancia. Ramón, bajo una hipotética ocupación de Jardinero, disimula el semi proxenetismo que ejerce sobre la vieja Teresa, una enana lavandera tan analfabeta que no conoce ni los números y hay que traducirle las boletas frente al pizarrón de la quiniela, a la que se juega casi todos los escasos pesos que gana con los lavados, aunque —se dice—Ramón le paga por eso y se queda con todo cuando ella acierta. Es curioso que juegue, no sé que clase de esperanzas puede alentar la pobre vieja.
Este año el 18 de Julio cayó en viernes, cosa de agradecerle a los próceres, y el jueves descendí del ómnibus pensando en que tenía por delante los tres días libres corridos que había estado esperando desde que a principios de año me regalaron el almanaque de la panadería; lo único que me interesa de los almanaques son los feriados y los días de cobrar el sueldo.
Ramón se paró allá, en el fondo del bar, y vino, tambaleándose, a recostarse al mostrador a mi lado. Sus estrafalarias ropas lo hacían parecerse a un murguista o a un payaso. Eran ropas viejas aunque increíblemente limpias debido a los lavados de la vieja Teresa, gastados hasta adquirir la textura de una tela de cebolla; el gorro de lana tejido al croché, de mujer —de la vieja seguramente— encasquetado hasta las orejas, el sobretodo que debió ser moda por milnovecientostreinta, con unas solapas triangulares que le cubrían hasta los hombros porque su primitivo dueño debió ser mucho más corpulento que Ramón, el pantalón una cuarta por encima de los tobillos porque debió haber pertenecido a un adolescente, y todo aquello con Ramón adentro, tiritando sobre unas alpargatas de suelas de yute tan gastadas que daba frío de sólo mirarlas sobre las heladas baldosas del piso.
Me miró como siempre, con aquella especie de súplica, mientras yo pensaba que resultaba torpe como una gaviota caminando en la orilla, hasta en los ojos tenía algo como de gaviota, algo que no llegaba a la expresión maligna de las aves de rapiña pero mucho más desprovisto de cualquier rastro de inteligencia. Tenía en la piel y en los ojos el mismo color, o la falta de color de esas maderas que salen del mar y hasta el mismo olor salino; quizás fue por eso que me hizo recordar a una gaviota. Hasta las profundas arrugas de su rostro parecían haber sido esculpidas por la arena y el salitre en vez de haberlo sido por los años o los sufrimientos, como esas arrugas de las extrañas maderas náufragas.
—¿Usted se acuerda de mi perrito?—, farfulló gangosamente.
A sus espaldas vi la expresión de un tipo muy alto que siempre viaja conmigo en el ómnibus; se sonreía con Don Alberto mientras nos miraban.
—¿Se acuerda que tenía una patita rota, el pobrecito?— balbuceó mientras las lágrimas le corrían hasta el mentón como si las arrugas fueran canaletas. Lo convidé con una copa.
—¿Hay alguien? ¿Puede haber alguien capaz de matar a un perrito con una patita rota; eh?—preguntó entre pucheros.
—Usted se acuerda de él ¿verdad? ¿Se acuerda que era negrito y tenía una manchita blanca en el pecho? ¿Se acuerda que me seguía a todos lados? ¿Cuántas veces lo vio esperándome aquí mismo, en la puerta del boliche?
Yo estaba seguro de haber visto un perrito así y hasta miré hacia la puerta como si pudiera verlo allí todavía.
Le dije a Ramón que qué se iba a hacer, porque decirle que a todos nos va a llegar la hora, o no somos nada, como se estila, me pareció exagerado tratándose de un perro.
Apuró la caña y poniéndome un dedo en el pecho, como el caño de una pistola, afirmó:
—Pero yo sé quién fue. Esté tranquilo que yo sé quién fue.
Le dije que estaba tranquilo y lo convidé con otra copa. Miró desconfiadamente, de costado, como una gaviota dispuesta a alzar el vuelo, las risueñas expresiones de don Alberto y el tipo alto y, aproximándome la cabeza envuelta en una nube de aliento a caña. me dijo en voz baja:
—Fue el vecino de al lado de mi casa, siempre la tenía con que el perrito le escarbaba en el terreno. ¿A usted le parece que un perrito con una patita rota puede escarbar en el terreno de ese tipo?
—Es evidente que a un perrito con una patita rota le debe resultar sumamente difícil escarbar en ese terreno o en cualquier otro— le dije.
—¿Verdad? ¿Verdad? —lloró. —Págueme otra caña, don— se animó.
—Lo ahorcó con un alambre— contó, como si se sintiera en la obligación de retribuirme la caña con el relato. —¡Con un alambre! ¡Y lo tuvo todo el día colgado de un árbol para que yo lo estuviera viendo desde la puerta de mi casa!
El relato me pareció conmovedor y terrible, sobre todo aquel detalle del alambre, del perrito colgado de un árbol, frente a la puerta de Ramón.
Otra vez tenía la copa vacía y mandó servir.
—Paga el señor— dijo.
—Lo crié de chiquito así— contó después de beber un trago, juntando las manos como si tuviera entre ellas un puñado de maníes y se las miró tiernamente, con lágrimas en los ojos, como si en aquel hueco estuviera todavía el perrito recién nacido.
De haber tomado un par de copas más quizás yo también me hubiera puesto a llorar, por eso opté por dejarlo solo junto al mostrador y las copas vacías. Sentí, cuando me iba hacia la puerta, que miraba mis espaldas con hondo reproche por lo que pudo considerar indiferencia de mi parte y también me pareció que el tipo alto y don Alberto se divertían con su desgracia.
En la madrugada y del lado del mar, como siempre, se levantó un temporal de viento y agua. Algún refusilo o algún trueno que hizo vibrar los vidrios de la ventana lograron despertarme a medias. Enseguida volví a hundirme en el sueño, en medio de la furia del aguacero. Desperté a una mañana sobre la que pasaba un plúmbeo cielo invernal, a un encharcado paisaje arenoso, con la desolada sensación de que tenía tres días vacíos, perdidos en mi vida. A la nochecita procuré distraerme mirando por televisión un desfile militar que podía haber sido el del año pasado o el de cualquier otro año donde ya estuviera inventada la televisión, un desfile entre edificios tan empapados como las casitas y los pinos de los alrededores, y me quedé dormido con la monotonía de los uniformes, los bronces y tambores de las bandas y la lluvia; cuando desperté ya habían terminado las señales del oeste y demás puntos cardinales y yo tenia algunas horas menos que perder; lo malo era que seguramente por mucho rato no iba a poder volver a dormir. Solamente así se me pudo ocurrir recordar lo que me había contado Ramón en el parador.
Hay pensamientos, estados de ánimo nocturnos que no se desvanecen con la luz matinal y, además, la luz de un lluvioso día de mediados de Julio no es suficiente para desvanecer nada como no sean las ganas de vivir y sólo así se explica que me haya pasado todo el sábado pensando en Ramón y en la vieja Teresa, mientras miraba por la ventana el enanito rojo con el pico al hombro mojarse pacientemente sobre el pasto empapado, o, mirando por la ventana del fondo, de la cocina, el mar del invierno más allá de los médanos, revuelto por aquel viento que llenaba todo de frío y arena.
Imaginaba que no había más playa, que las olas debían habérsela tragado y estuve tentado de ir a ver el mar que, hasta donde se perdiera en la niebla, hasta donde el agua salada se confundiera con la de la lluvia, sería para mí solo, quizás también para alguna gaviota solitaria, pero esa clase de cosas no les interesan a las gaviotas por más que miren y miren el mar como si pensaran en lugares remotos. No debía quedar ninguna en la costa, hacía casi dos días que soplaba recio del sur y todo el tiempo había estado sintiéndolas pasar tierra adentro, graznando indignadas sobre los techos y los árboles.
Allá abajo, en la costa, debían quedar nada más que Ramón y la vieja Teresa metidos en las ruinas de lo que debió ser una barraca de pescadores, o un puesto de resguardo o la vivienda de algún solitario que en algún tiempo estuvo perdida entre los arenales. Estarían mirando volarse en aquel viento las últimas pajas que le quedaban al ruinoso techo de quincha, buscando entre las paredes algún rincón que no se lloviera, mucho más solos ahora que les faltaba el perrito. Habrían encendido sobre el piso un fuego de cualquier cosa, de esas maderas que salen del mar y que el salitre hace estallar como cohetes al quemarse. Las olas debían haber rodeado la tapera, debían estar a su puerta. El agua nunca había entrado en ella porque estaba arriba de un médano, pero esa noche, para ir al boliche, Ramón iba a tener que mojarse hasta el culo.
Si fuera pintor me hubiera gustado pintar aquella ruina contra el marrón turbio de mar y la arena que las olas ensucian de petróleo y de cualquier clase de porquerías cuando el viento sopla del lado de Montevideo, pintar todo eso en un día sin viento, aunque no en verano, cuando los colores de los trajes de baño y las sombrillas playeras de los bañistas le quitan toda la desolación, la grandeza y hasta la seriedad al paisaje. Pintarlo en un día gris y desolado, con alguna vieja chalana volcada en la playa. Una vez vi un cuadro así y me pareció que la vida del pintor tenía sentido, estaba justificada. Pero esa noche no pensé en un cuadro, pensé en aquellos dos infelices y me dio tristeza o frío, o las dos cosas.
Cuando encendiera el fuego de la estufa de leña iba a tratar de olvidarlos para no amargarme también la felicidad de tomar vino mirando las llamas, me iba a bastar para eso pensar lo que todo el mundo pensaba de Ramón. Pero cuando a la noche encendí el fuego y puse la botella cerca de las llamas para entibiarla lo único que había logrado fue que al recuerdo de aquellos dos pobres diablos que se estaban muriendo de frío en la tapera de la costa, se sumara el de aquel perrito negro con una patita rota que yo había visto mil veces renqueando patéticamente por las calles. Tenía una mirada mansa, resignada y triste en los ojos amarillos.
El recuerdo se me hizo insoportable y me amargó la módica felicidad de tomar vino en la noche, mirando el resplandor de las llamas en el techo y las paredes. Dejé apagar el fuego y sentí que el aire se ponía helado y espeso como una gelatina. Encendí la luz para leer algo, pero terminé por meterme entre las cobijas, tiritando.
Al otro día se lo comenté a don Alberto, volví a compadecerme de Ramón mirando por el ventanal del parador la cansada llovizna sin viento que el temporal había abandonado en la costa como a un corredor cansado, incapaz de seguir su carrera.
—Viven allá abajo, solos como ratas —dijo don Alberto— y no tiene ningún vecino en varias cuadras a la redonda, nadie que pueda colgarles un perrito de un árbol a la vista de ellos. Adentro de la playa no hay árboles y, además, Ramón y la vieja nunca tuvieron perro.
—Quizás les haga falta un perrito— dije.
—En ese caso le van a hacer falta muchos perritos, ya van como cien que mata, o van como cien veces que mata al mismo perro —contestó don Alberto, riéndose detrás del mostrador, mientras yo pensaba que en adelante, por más temporal, por más lluvia y viento que hubiera, los días libres iba a salir lo mismo a caminar por la playa.

Anderssen Banchero (Montevideo, 18 de junio de 1925 —  26 de julio de 1987) Publicó su primer libro de relatos Mientras amanece en 1963, con casi 40 años de edad.
Su obra, de inspiración autobiográfica, tiene como escenario las zonas suburbanas y los barrios modestos de Montevideo donde se desarrolla la vida de las clases bajas o medias bajas, en espacios tales como pensiones, bares, y zonas fabriles.
Debió su nombre de pila al ajedrecista alemán del siglo XIX Adolf Anderssen, a quien su padre admiraba. Integró, brevemente el grupo de la Revista Asir, vinculándose con Enrique Estrázulas, Líber Falco, Eduardo Galeano, entre otros.
Entre sus obras más importantes debemos destacar Un breve verano (1967); Triste de la calle cortada (1975); Las orillas del mundo (1980); Ojos en la noche (1985); y Los regresos (1989).
Falleció en Montevideo en 1987. En forma póstuma, en 1988, recibió el Premio Bartolomé Hidalgo por su novela Los regresos.