martes, 16 de abril de 2019

de regreso al instinto
a la ley interior
la mirada profunda desgarró la mordaza
la verdad siempre estuvo a pesar del desvío

tengo el plano correcto
lo he inventado hace un rato

no existió esa pancarta ni era cierto aquel circo
redactaron el asco con palabras amables
y a lo inmundo del caldo algo atrajo a las bestias


bajo su contralor
una niña perversa te cobraba la entrada
sugiriendo el placer de veranos efímeros

y escondieron la niebla
el pantano y las náuseas
invitándote a entrar en su casa vacía

detrás suyo la horda de orgullosos pilatos
delante yo no fui
y en el medio ni rastros
esas caras inmunes al color del espejo

asesinos anónimos
oportunos psicópatas

y los titiriteros 
eligiendo a su antojo la vereda y los muertos

tengo el plano correcto
lo inventé navegando al revés de la mierda
y me importa un carajo si no quieres mirarlo

en la esquina el loquito tiene una motosierra
y parece que estaba esperando a que pases

te prevengo       cuidáte
yo que vos ni me asomo

es tu esquina
entendés

yo reniego del barrio que una vez compartimos

yo no entiendo de esquinas
ni siquiera registro a los espantapájaros

que te gritan mil veces amenazas escuálidas
ni esa absurda dialéctica retorciendo mentiras

tengo el plano correcto
la ley horizontal
la feroz línea recta

la ventana
el conducto
hacia donde escapar cuando arrecie el vacío

viernes, 8 de marzo de 2019

sábado, 2 de marzo de 2019

 la historia de iniciar la nueva historia
no empieza ni termina descolgando los cuadros
menos aún la pátina que intenta
disimular la huella de los clavos
ni la pintura nueva en la pared
con un color contrario al antedicho
                            es que hubo una presencia

algo que se apropió de las rendijas
negándote el negocio a lo furtivo
y no engañas a nadie obviando lo anterior

si acaso consideras
que al menos pudo ser amarga referencia
no el muro impersonal que te inventaste
vuelto espejo implacable
que mira hacia los ojos de un cobarde

martes, 26 de febrero de 2019

por mantener un mínimo respeto
la risa está agachada tras los dientes


ahí es donde guarezco la vergüenza

escucho
voy mirando
parece que atendiera

intento armonizar el disparate
que gira como un trompo
sobre la reja de la alcantarilla

y adentro voy cantando otra canción

no es más que un torpe gesto displicente
hacia lo que en verdad me chupa un huevo

también es buen negocio enmudecer
hasta que se fatiguen de hacer ruido

en tanto llega el tiempo de abrazarte
o de escuchar las frases de tu alma
alguna trampa más
que te voy a contar un día de estos
cuando tenga a mi alcance tu sonrisa

lunes, 25 de febrero de 2019

ETI 20 - Vaca Profana - Caetano Veloso (con María Gadú)

Respeito muito minhas lágrimas
Mas ainda mais minha risada
Inscrevo, assim, minhas palavras
Na voz de uma mulher sagrada
Vaca profana, põe teus cornos
Pra fora e acima da manada

Dona das divinas tetas
Derrama o leite bom na minha cara
E o leite mau na cara dos caretas

Segue a movida Madrileña
Também te mata Barcelona
Napoli, Pino, Pi, Paus, Punks
Picassos movem-se por Londres
Bahia, onipresentemente
Rio e belíssimo horizonte

Vaca de divinas tetas
La leche buena toda en mi garganta
La mala leche para los puretas

Quero que pinte um amor Bethânia
Stevie Wonder, Andaluz
Como o que tive em Tel Aviv
Perto do mar, longe da cruz
Mas em composição cubista
Meu mundo Thelonius Monk's blues

Vaca das divinas tetas
Teu bom só para o oco, minha falta
E o resto inunde as almas dos caretas

Sou tímido e espalhafatoso
Torre traçada por Gaudi
São Paulo é como o mundo todo
No mundo, um grande amor perdi
Caretas de Paris e New York
Sem mágoas, estamos aí

Dona das divinas tetas
Quero teu leite todo em minha alma
Nada de leite mau para os caretas

Mas eu também sei ser careta
De perto, ninguém é normal
Às vezes, segue em linha reta
A vida, que é 'meu bem, meu mal'
No mais, as ramblas do planeta
"Orchata de chufa, si us plau"

Deusa de assombrosas tetas
Gotas de leite bom na minha cara
Chuva do mesmo bom sobre os caretas

VACA PROFANA 

Respeto mucho mis lágrimas,
pero mucho más mi risa.
Inscribo, así, mis palabras
en la voz de una mujer sagrada.
Vaca profana, pon tus cuernos
afuera y encima de la manada.

Doña de las divinas tetas,
derrama leche buena en mi cara.
La mala leche en la cara de los caretas.

Sigo la movida madrileña,
también te mata Barcelona,
Nápoli, Pino, Pi, Paus, Punks,
Picassos moviéndose por Londres.
Bahía, omnipresentemente.
Río y bellísimo horizonte.

Vaca de divinas tetas,
la leche buena toda en mi garganta,
la mala leche para los "puretas".

Quiero que pinte un amor Bethania,
Stevie Wonder, Andaluz,
como el que tuve en Tel Aviv,
cerca del mar, lejos de la cruz,
pero en composición cubista,
mi mundo: Thelonius Monk's blues.

Vaca de divinas tetas,
tu bien solo para el hueco de mi falta
y el resto inunde las almas de los caretas.

Soy tímido y ostentoso
-torre trazada por Gaudí-.
San Pablo es como todo el mundo.
En el mundo, un gran amor perdí.
Caretas de París-NewYork,
sin daños, estamos ahí.

Doña de las divinas tetas,
quiero toda tu leche en mi alma,
nada de mala leche para los caretas.

Mas yo también sé que soy un careta.
De cerca, nadie es normal.
A veces sigo en línea recta,
la vida, que es "mi bien, mi mal".
No más, las ramblas del planeta...
"Horchata de chufa, por favor".

Diosa de asombrosas tetas,
gotas de buena leche en mi cara,
lluvia del mismo bien sobre los caretas.

sábado, 23 de febrero de 2019

podría hablar de víboras
porque las alimañas hoy prosperan
y entrecerrar la puerta con gesto desairado
una puteada breve
ni dicha
cuando el polvillo sucio se ensaña con mis ojos
en el momento exacto de ver las cosas claras
y unas bobadas más sumadas al paquete

es hora de llegar al sitio en donde el ciego
se burla de las águilas
porque desde lo alto su alma se agudiza
y es más inexpugnable su entereza
y su incapacidad
resulta demasiado
para la mente estrecha del imbécil

están contando historias que solo me dan risa
vienen a darme golpes de vida desahuciada
en donde les dejé mi monigote
y van retrocediendo
se dan cuerda hacia atrás
paupérrimos muñecos a fricción
que ya no avanzan

están haciendo cuentos aburridos
vacíos de argumento
y solo los mediocres entienden sus mentiras
están viviendo el miedo que sienten los traidores
cuando vivís rodeado de traidores

no quiero que me vengan a buscar
si acaso vienen
no busquen que regrese a la pocilga
es demasiado hermoso este paisaje que contemplo
no necesito más que respirar
y afortunadamente
también tengo su abrazo
para entender de a dos las cosas buenas

jueves, 14 de febrero de 2019

 
si llegaste hasta aquí
y puedes comprender cada palabra
si puedes razonar entre los símbolos
tener conciencia de tener conciencia
acaso sea bueno aminorar
flotar sobre los mares de la calma
y cuando todos los relojes se detengan
y el mundo quede afuera
sentir la melodía de tu adentro
y darte a la tarea
de no desafinar
aunque eso cueste el precio de estar solo
y no seguir pagando por mentiras

martes, 12 de febrero de 2019

lunes, 11 de febrero de 2019

estoy consustanciado con la oscura embarcación

el puerto es aleatorio

hay gentes esperando alguna buena historia
promesas rescatadas de la sal
anuncios de gaviota
mojadas esperanzas valederas
venidas desde el fondo de la nada

el mar no tiene tiempo para huellas
mira pasar de nuevo mi barquito
mira mi cargamento en la bodega
se guarda en lo profundo cada juicio
y a poco de pasar ya se le olvida

no suelo hacerme grandes ilusiones
eso aprendí del ritmo de las olas

pero es éste mi deber de navegante
contar un cuento azul en los desiertos
aunque después de un tiempo con variables
la sed vuelva a ganarme la partida

qué extraña esta alegría que me invade
sabiendo que es vano cada verso

sentí en mi propia carne la emoción
de aquella bienvenida
pero soy yo quien cuenta las historias
y sé cómo terminan

lunes, 4 de febrero de 2019

Los Cuenteros - V


¡QUÉ LÁSTIMA!
Paco Espínola
Paró la oreja Sosa al oír exclamar al desconocido:
-¡Qué lástima, qué lástima, que la gente sea tan pobre!
Sosa ni caso había hecho cuando, media hora antes, vio recortarse en la puerta del despacho de bebidas al escuálido forastero. Siguió absorto en una sensación penosa que lo embargaba frecuentemente. Pero al rato, cuando separado ya el pulpero oyó al otro cerrar la conversación con “¡Qué lástima que la gente sea tan pobre!”, la sensación, de golpe, cambió de efecto. Y comenzó a reconfortarlo algo así como un desahogo.
Con que extraña dulzura había sido pronunciada la frase! Sin rabia, sin rencor... A nadie culpaba. Como si de las desgracias del mundo los hombres no fueran responsables.
-¡Eso está bien!- se dijo para sus adentros Sosa.
Y le pareció que rozaba todo su cuerpo desmirriado, como acariciándose a si mismo, contra un muro sin fin de largo y de color gris pizarra.
Con interés afectuoso observó. El desconocido era casi tan alto como él; y él era largo, de veras. Y, como él, flaco. Lampiño, y él tenía bigote. De botas raídas, y él con alpargatas. Los pantalones, a lo mejor, eran a media canilla, como los suyos. Pero con las botas, los extremos no se veían.
-A ver caballero, ¿qué se va a servir?
El otro se tornó hacia Sosa y miró en derredor. El invitado era él porque no había más nadie.
-Otra caña- respondió reposando en Sosa una mirada tiernísima.
El patrón, negro, ya viejo, de encasquetado sombrero muy copudo, sirvió sin decir palabra, llenó asimismo su gran “vaso particular” y tornó con él al rincón donde, entre el mostrador y la desmantelada estantería, sobre una pequeña mesa, escribía entre borrones la carta que cierta muchacha de las mancebías le encargó para el amor que estaba preso. Además de sombrero tenía lentes, el negro. Unos lentes de níquel, comprados de ocasión cuando el vendedor le dijo a boca de jarro: “Usted lo que precisa es lentes”.
Si no se lo hubiera dicho así, de golpe... El negro, desde su candidez tocada, aunque cabeceando un poco, sintió que no podía hacer otra cosa que sacar el dinero...
-¿Es forastero el señor?
- Es verdá. Vengo de Santa Escilda. Y medio ando por encontrar conchabo en la curtiembre de los Bastos.
-Buena gente, sin despreciar... ¡Salú!
Y alzó el vaso amarillo.
Entro un perrito a la taberna. Y tras él una mujer muy llamativamente acicalada que, mientras adquiría, buscó inútilmente con los ojos la mirada de los que estaban allí.
-¡Este hombre es muy gente!- pensaba Sosa.
Y comprendió que estimaba al desconocido con un cariño sin tiempo.
Cuando la joven se retiró sin haber conseguido ni por un momento atraer la atención de los amigos, Sosa se había alejado un poco de sus pensamientos, pues le andaban en la mente un carrito de pértigo y una yegua tordilla sobre la cual se vio al momento salir del monte con una carga muy grande. Con ahínco trató de echar las imágenes por lo menos dentro del monte, otra vez. Pero infructuosamente. Tuvo que volver, pues, con ellos, al hombre que tenía al frente. Y dijo, al principio sin saber a dónde iría a parar; después, desde una grave firmeza.
-Yo tengo un carro y una yegua, caballero... Me la rebusco monteando y vendiendo leña en el centro.
 Yo, el carro y la yegua estamos a la disposición.
-Se agradece en lo que vale. ¡Salú!
Se alzaron los vasos inseguros.
Sobre el mostrador pendía la lámpara. Las sombras de los amigos se acortaban. Ellos callaban. Bebían caña. Sosa sentía algo imposible de expresar, pero que era como el desarrollo de aquél “¡Qué lástima, qué lástima que la gente sea tan pobre!”, que le había hecho parar la oreja. O, tal vez, era un “¡Qué lástima!” sólo, que crecía y embargaba todas las cosas del mundo, y con ellas subía más allá de las nubes y las mostraba así, desoladas, míseras, a alguien capaz, si mirara, de acomodarlas mejor.
Con el índice mesaba los pelos del bigote contra ambos lados del labio.
Se oyó el pitar de un silbato. Otros, lejos, sonaron también. De la calle llegaron voces. Y una voz de mujer, clara y metálica. Más atrás, del fondo de la noche, ladridos. Y el jadeo de una locomotora.
El patrón, en un instante, al beber gran trago de caña, los miró fijo. Pero sin verlos, abstraído, inclinado a un costado el sombrerazo para rascarse las motas ya grises. Era que, escribiendo cada vez con más empeño lo que la muchacha le recomendara, se inquietó de súbito. Desde el principio de la escritura el corazón del negro se había ido conmoviendo secretamente. El nunca hizo cartas. No tenía a quien. Y esto que anotaba a pedido venía tan bien con lo que podía confiar a un amigo lejano, si lo tuviera, que, repitiendo un sorbo de caña, ponía sobre el papel, despacio, tembloroso, como algo íntimo: “Las cosas marchan muy mal. Viene muy poca gente. Ya los tiempos de antes no volverán nunca más...”
El negro vaciló, parpadeando. Se alejaba de las palabras de la muchacha.
Pero continuó por su cuenta, atraído como por una voz que lo llamaba desde el fondo de su ser: “Y cuando no hay nada al lado, cuando no hay nadie, nadie al lado, entonces se piensa en cuando la niñez. ¡Tan linda que era!”
Algún recuerdo muy hundido fue tocado por esta frase, pero la conciencia manoteó de nuevo, por suerte, la imagen de la muchacha, y, con ello, las verdaderas palabras a revelar en la carta hicieron presente su expectación. Lo que debía seguir era: “Voy a comprarme una pollera azul y un saquito blanco...”.
Esto, pues, lo volvió por entero a la realidad. Allí fue dónde el negro quedó en desazón. Inclinó a un costado el sombrero. Sin verlos, miró a los dos largos parroquianos. Dejó la pluma. Se quitó los lentes.
Llevó a los labios su gran “vaso particular”. La vista le oscilaba.
-Otra vuelta, haga el bien.
Estaban bastante cargados. El tabernero sirvió y tornó a su pequeña mesa.
Y por no recordar el acongojante giro que había tomado la misiva, comenzó a turbarse con cosas menos embargadoras. Las manazas sobre el manchado pliego de papel, ante el temor reciente y bienhechor a un pedido de fiado o a una fuga intempestiva o a un seco “Aquí no pagamos nada y se acabó”, él se puso en guardia.
-Yo en seguida me di cuenta, Juan Pedro, que usté era una persona gente confiaba con ternura Sosa al que acababa de revelarle el nombre.
Juan Pedro sonreía. Y posaba en su reciente amigo, alto, flaco, pantalón muy por encima del tobillo –como el pantalón de él, sí, si él no tuviera botas-, posaba una mirada tan dulce que casi no miraba nada.
Y vuelta a aparecérsele a Sosa el carro y la yegua Tordilla. Y vuelta a llevarlos, ahora ufano y dichoso, hacia su compañero.
-Usté, Juan Pedro, cuando quiera la yegua, va a mi casa y la saca. ¿Fuma otro, Juan Pedro?
Juan Pedro, ya con las manos muy torpes, lió un cigarrillo, encendió y dejó que saliera libremente, de toda la boca, el humo.
-Usté, cuando la precise, va, no más, a mi casa y saca la yegua... Y si yo no estoy, la saca lo mismo.
Vaciló. La realidad no daba más y su ardiente pasión quería más, todavía.
Y arrolló la realidad. Y salió al otro lado, terriblemente amoroso, diciendo:
Y si la yegua no está... ¡usted la saca, lo mismo!
Esto de sacar la yegua aunque la yegua no estuviera, conmovió hasta el estremecimiento a Juan Pedro. No advirtió que faltaría la yegua. O le pareció que la yegua podría estar ó no estar. Porque lo cierto es que ”si la yegua no está, la saca lo mismo”, se le quedó bien grabado y era lo único que permanecía firme entre cosas que comenzaban a tambalearse.
Volvió a mirar a su amigo. Pero apenas si lo veía. Se veía él, él solo, ya hasta la perenne sonrisa se le daba vuelta. Como si le hubiera hecho convexa. Se quería a sí mismo, ahora, y ascendía en alas de su amor, sobre los mundos.
Llevándose la mano a la cara, comenzó a acariciarse la sonrisa.
-La yegua es suya, amigo Juan Pedro- seguía Sosa por su lado, implacablemente generoso, con los ojos apagándosele.
Juan Pedro, que no pudo soportar sino por breve tiempo su delirio, había posado otra vez en la tierra, ahora contrito. ¿Qué podía dar él en retribución a aquel corazón fraterno? ¿O qué decir, al menos? Juan Pedro tenía ganas de llorar. Cierto caballo de que una vez fue dueño de pronto se le apareció y espantó su sonrisa. Lo vendió al llegar a Santa Escilda porque, por desgracia, ¿para qué quería caballo en aquél pequeño villorrio? Cuando comprendió para que lo quería –para quererlo, precisamente- era ya tarde. Se había gastado la plata en las pulperías. Y el caballo zaino siguió con un tropero hacia “La Tablada”, allá tan lejos. Y pasó de regreso, a los días. Y volvió a cruzar como al mes. Hasta que caballo y tropero desaparecieron. ¡El, él lo había vendido! ¡Aquel caballo amigo! Y el amigo pasaba y repasaba. Y él a veces, ni plata tenía para emborracharse a cada pasada. Y sobre todo cuando ya no pasó más. Ni en un mes, ni en dos: nunca, nunca más.
-La yegua es suya...-¡No compañero! ¿La yegua no es mía, es suya!- El negro, con inquietud, se acomodó el sombrero y, a una señal de Sosa, trajo otra vuelta.
-Es suya digo.
-¡No, no, Sosa! ¡No, no! ¡Es suya!
-¡Es suya, amigo!
-¡No, Sosa, no!
Y la mirada se le mojaba de lágrimas.
-Vamos, compañero, la yegua es suya.
-¡No, no es mía; no es mía!
-Es que usté no me entiende lo que le quiero decir- advirtió Sosa, por fin.
Bebió un trago, chupó, sin advertir que inútilmente, la apagada colilla y explicó, recalcando las palabras:
-Yo, lo que le quiero decir, es que la yegua es suya.
Juan Pedro, vencido, abrió los brazos. Y los dos amigos, tan altos y flacos, de botas el uno, de alpargatas el otro, se estrecharon palmoteándose suavemente las espaldas, bajo los ojos del negro cuyo espíritu había caído en la conversación como en un remolino y no hallaba nada en que agarrarse.
Un indio que entraba desaprensivamente a la taberna se detuvo bruscamente. Pero convencido de que aquello no era pelea, se aproximó al mostrador, pidió y bebió sin respirar.
-¿Y qué es de esa preciosa vida?
-Bien, por el momento- contestó el negro después de un silencio, porque la pregunta le tardó en llegar y la respuesta en salir.
De inmediato, sin embargo, tuvo la sensación de que lo habían sacado como de un sumidero.
Salió el indio. Ya en la calle su voz se oyó entre risotadas.
¡Como ladraban los perros, lejos desde el fondo de la noche!
-¡Yo soy así! ¡Yo soy así!- sostenía Sosa golpeándose el pecho frenético de dicha.
Ahora si lo había empezado a ver otra vez Juan Pedro. Medio borroso, pero lo veía. Percibía el bigote de Sosa, sus pantalones por encima del tobillo, sus alpargatas. ¡Era tan extraño aquello! El no le miraba más que la parte superior del cuerpo. Y lo veía, sin embargo, hasta los pantalones y las alpargatas.
Ya no podían más de caña.
-¿Qué le parece... si saliéramos... un poco... a refrescarnos... y después volvemos... a tomar?
Juan Pedro aceptó con un cabeceo. El tabernero se caló los lentes, echó atrás el sombrero y sumó. Sucesivas rectificaciones fueron contraproducentes. A cada vez el resultado era distinto. Se sacó el sombrero. Llevó al mostrador su “vaso particular” y le bebió el último sorbo. Su cabeza de grises motas volvió a inclinarse. Después de aquel breve descanso se resolvió a sumar por última vez y a tomar aquel resultado como definitivo. Con la conciencia ya más firme dio a cada cual su vuelto. Pero perdió pie de nuevo cuando oyó que Juan Pedro decía a su amigo Sosa:
-¿Vamos saliendo, Juan Pedro?
El espíritu del negro, quien ya se acomodaba otra vez el sombrero, flotó un momento en el vacío. Y como el ventarrón a una hojita, así se lo llevó lejos lo que, desde la puerta, al rodear con el brazo el cuello de su camarada, exclamó Sosa:
-¡Cuidado, Sosa, cuidado con el escalón!
Sin mirar, el negro vio la mesa, el lapicero, la carta. Y vio cruzar todo veloz. Y hundirse allá en el fondo de aquello donde ladraban, ladraban los perros...
Se sacó el sombrero.

Francisco Espínola, más conocido como Paco Espínola (San José de Mayo, 4 de octubre de 1901 - Montevideo, 26 de junio de 1973), fue un escritor, periodista y docente uruguayo.
Escribió cuentos para niños, novelas y obras de teatro. Fue un docente nato y ejerció como profesor de Lenguaje y de Literatura en el Instituto Normal de Montevideo desde 1939 y de literatura en Enseñanza Secundaria, desde 1945 y de composición literaria y estilística en la Facultad de Humanidades y Ciencias, a partir de 1946. En 1961 recibió el premio Nacional de literatura.
También se destacó como narrador oral y su voz leyendo sus propios cuentos fue registrada en un fonograma coproducido por Sodre y Antar en 1962. El mismo fue reeditado en casete por Ayuí / Tacuabé en 1987 en el volumen Paco Espínola cuenta, vol. 1, aunque con una versión de Que lástima! distinta al del original. Otras grabaciones que hasta el momento no habían sido editadas fueron lanzadas por el mismo sello en casete en 1999 con el nombre de Paco Espínola cuenta, vol. 2. Finalmente, ambos casetes algo ampliados fueron reeditados en CD en el año 2001.​
Perteneciente a la «Generación del centenario», su obra se ubica, junto con la de Juan José Morosoli, dentro del regionalismo por su intención de reflejar lo propio: paisajes, situaciones, anécdotas, tipos y hábitos, desde un nuevo punto de vista.
Los personajes de sus obras son seres desamparados, provenientes de los suburbios, relegados y perdidos en un mundo social que los excluye, pero no insiste en la fórmula del nativismo ni del naturalismo, sino que ahonda en estos seres singulares sólo para comprenderlos.
En sus últimos años se adhirió al Partido Comunista Del Uruguay. Paco Espínola falleció en la noche del 26 de junio de 1973, en vísperas del golpe de estado que dio inicio a la dictadura cívico-militar que se extendería hasta 1985.