domingo, 29 de noviembre de 2009

Colgajo

la luna de azafrán en plenilunio
derrumba la coartada de los ciegos
inútil
esgrimir
una defensa
no es suficiente el agua de los mares
para lavar la sangre en las paredes
y las palabras son como hojarasca
tuercen la dirección
vuelven al centro
a la matriz del monstruo que murmura
y hasta los ojos pulen la amenaza
dentro de sus esferas

el óvulo un erizo
esquivando los clavos
hasta que mary pierde la cabeza
fermenta un ser hostil
que come pan con musgo
veneno de alacrán
residuos del agravio
maldad que sólo sabe
decir
intolerancias

luego se multiplica
la estirpe
igual a un espiral
en el sentido inverso
y esparce las esporas como agujas
como una droga oscura
sangre de tinta china

inútil
esgrimir
una defensa
tengo los dedos tiesos
y el corazón sombrío
y veo desprenderse lentamente
la brizna de cordura
de la que me aferré porfiadamente
por no caer al mar de la violencia

jueves, 26 de noviembre de 2009

Chicas Tuertas

ella piensa que juega
rocía la ensalada
con lágrimas postizas
se viste con la piel de algún naufragio
y atiza la silueta
la marca con esmero
a grandes pinceladas
furtivas
solapadas
valiéndose de azul fosforecente
porque en definitiva
implora la mirada de la víctima
requiere la atención del condenado
y su pequeño triunfo
consiste en el atuendo miserable
con que sustentará sus vanidades

la reina en el pretil de la mentira
amaga con saltar al precipicio
se excita provocando los suspensos
y así de repugnante es su carnada
y así
de tanto en tanto
aprende hechicería de mercado
le enseñan estrategia las ancianas
se instruye con un libro decadente
será educada para el pasatiempo

jamás va a apaciguar todo su hambre
jamás entenderá cómo es de inútil
querer llenar el alma con vacío

ella tiene su séquito de idiotas
y opciones suficientes
para matar en cuotas al payaso

a veces también piensa en ser distinta
cambiar sus convicciones en otoño
cuando hace frío adentro de la casa

pero esa es otra parte de la trampa

martes, 24 de noviembre de 2009

El Gusano Erudito - XVI

CANTO PRIMERO

(...)

Viejo océano de olas de cristal, te pareces, en las pro­porciones, a esas marcas azuladas que se ven sobre el dorso magullado de los grumetes, eres un inmenso azul aplicado en el cuerpo de la tierra: me gusta esta comparación. Así, a primera impresión, un soplo pro­longado de tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimien­to del dolor, que no le abandona jamás. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojos pequeños del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves noctur­nas por la perfección circular de su contorno. Sin em­bargo, el hombre se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo creo que el hombre sólo cree en su be­lleza por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro de su se­mejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siem­pre igual a ti mismo. Nunca cambias de una manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se hallan en la más com­pleta calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la mañana es asequible y por la tarde está de mal hu­mor, que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, no sería nada imposible que escondie­ras en tu seno futuros de utilidad para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secre­tos de tu íntima organización: eres modesto. El hom­bre se vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te sa­ludo, viejo océano! Viejo océano, las diversas especies de peces que ali­mentas no se han jurado fraternidad entre sí. Cada es­pecie vive por su lado. Los temperamentos y las con­formaciones que varían en cada una de ella, explican, de una manera satisfactoria, lo que al principio sólo parece una anomalía. Igual sucede con el hombre, que no tiene los mismos motivos de excusa. Un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres hu­manos, pero ellos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, fijos como raíces sobre el pedazo de tierra contiguo. Descendiendo del grande al pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su gua­rida, y raramente sale de ella para visitar a su seme­jante, acurrucado igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los hombres es una utopía digna de la lógica más mediocre. Por otra parte, del espectá­culo de tus mamas fecundas se desprende la noción de ingratitud, pues se piensa en seguida en los numerosos padres, tan ingratos hacia el Creador, para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, tu grandeza material sólo es compa­rable a la medida que uno se hace de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es preciso que la vista haga girar su telescopio con movimientos continuos hacia los cua­tro puntos del horizonte, de igual modo que un mate­mático, a fin de resolver una ecuación algebraica, está obligado a examinar separadamente los diversos casos posibles, antes de resolver la dificultad. El hombre co­me sustancias nutritivas, y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar impresión de grueso. Que se hinche cuanto quiera esa adorable rana. Quédate tranquilo, nunca igualará tu corpulencia; al menos eso supongo. ¡Te saludo viejo océano! Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exac­tamente el mismo sabor que la hiel que destila la críti­ca sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre to­do. Si alguien tiene genio, se le hace pasar por un idio­ta; si algún otro es bello de cuerpo, se le hace un horri­ble contrahecho. En verdad, es preciso que el hombre sienta con fuerza su imperfección, cuyas tres cuartas partes son debidas a sí mismo, para que lo critique de ese modo. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, todavía no han conseguido, ayudados de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, los cuales han reconocido inaccesiblemente las sondas más largas y pesadas. A los peces… les está permitido: no a los hombres. A menudo me he preguntado qué será más fácil de reconocer: la profundidad del océano o la profundidad del corazón humano. Con frecuencia, con la mano, de pie sobre los barcos, mientras la luna se balanceaba entre los mástiles de forma irregular, me he sorprendido, haciendo abstracción de todo lo que no fuera el objeto que perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos; el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida pue­den, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra de esas soluciones, me estará permitido decir que, pese a la profundidad del océano, no podrá colocarse al ras, en cuanto a la comparación sobre dicha propie­dad, con la profundidad del corazón humano. He es­tado en relación con hombres que han sido virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: «Han hecho el bien en este mundo, es decir, han prac­ticado la caridad: eso es todo, no es nada malo, y cual­quiera puede hacer otro tanto». ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, por una palabra mal interpretada, se separan, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimien­tos, y no se vuelven a ver más, cada uno embozado en su solitaria soberbia? Es un milagro que se renueva cada día y que por ello no es menos milagroso. ¿Quién com­prenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particu­lares de los amigos más queridos, aunque se está afli­gido al mismo tiempo? Un ejemplo incontestable para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por eso los jabatos de la humanidad tienen tanta confianza los unos en los otros y no son egoístas. Le queda a la sicología muchos progresos que hacer. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, tu poder es tan grande que los hom­bres lo han sabido a sus expensas. Y por mucho que utilicen todos los recursos de su genio… serán incapaces de dominarte. Han encontrado su maestro. Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Algo que tiene nombre. Ese nombre es: ¡el océano! El miedo que le ins­piras es tal, que te respetan. A pesar de ello, haces dan­zar sus más pesadas máquinas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces realizar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables inmersiones hasta el fondo de tus dominios que un saltimbanqui envidiaría. Bienaventurados aquellos a quienes no envuelves definitivamente entre tus plie­gues burbujeantes para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuáticas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice: «Soy más inteligente que el océano». Es posible, es in­cluso muy cierto, pero el océano le causa más temor a él que él al océano: es algo que no es necesario com­probar. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, son­ríe piadoso cuando asiste a los combates navales de las naciones. He ahí un centenar de leviatanes que han salido de las manos de la humanidad. Las órdenes en­fáticas de los superiores, los gritos de los heridos, los cañonazos, es el ruido realizado a propósito para ani­quilar algunos segundos. Parece que el drama ha ter­minado y que el océano se lo ha metido todo en su vien­tre. La boca es formidable. ¡Qué grande debe ser ha­cia abajo, en dirección a lo desconocido! Para coro­nar al fin la estúpida comedia, que carece de todo interés, se ve, en medio de los aires, alguna cigúeña re­trasada por el cansancio, que se pone a gritar, sin detener la envergadura de su vuelo: «¡Vaya!… ¡la encuen­tro mal! Allá abajo había algunos puntos negros; he cerrado los ojos y han desaparecido». ¡Te saludo, vie­jo océano! Viejo océano, oh gran célibe, cuando recorres la so­lemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulle­ces, con razón, de tu magnificencia nativa y de los jus­tos elogios que me apresuro a dedicarte. Mecido vo­luptuosamente por los suaves efluvios de tu lentitud ma­jestuosa, que es el más grandioso de los atributos con que el soberano poder te ha gratificado, en medio de un sombrío misterio, tú haces rodar por toda tu subli­me superficie tus incomparables olas, con el sentimiento sereno de tu poder eterno. Ellas se persiguen paralela­mente, separadas por cortos intervalos. Apenas una dis­minuye, otra, creciendo, va a su encuentro, acompa­ñada del rumor melancólico de la espuma que se des­hace para advertirnos de que todo es espuma. (Así, los seres humanos, esas olas vivientes, mueren uno tras otro, de una manera monótona, sin dejar siquiera un ruido de espuma). El ave de paso reposa, confiada so­bre ellas, y se abandona a sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que los huesos de sus alas han recobrado el vigor preciso como para continuar la aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana sólo fuera la encarnación del reflejo de la tuya. Pido de­masiado, y ese deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la refle­xión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Respóndeme, océano, ¿quieres ser mi hermano? Agítate con impetuosidad… más… todavía más, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas y fráguate un camino en tu propio seno… está bien. Haz que rue­den tus olas espantosas, horrible océano sólo por mi comprendido y ante el que caigo prosternado de rodi­llas. La majestad de los hombres es prestada; no se im­pone: tú, sí. Oh, cuando avanzas, con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un cortejo, magnético y salvaje, haciendo rodar tus olas unas sobre otras con la conciencia de lo que eres, mien­tras lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un remordimiento intenso que no pue­do descubrir, ese sordo bramido perpetuo que los hom­bres tanto temen, incluso cuando te contemplan, es­tando seguros, temblorosos desde la orilla, y entonces veo que no tengo el insigne derecho de llamarme tu igual. Por eso, en presencia de tu superioridad, te da­ría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor que contienen mis aspiraciones hacia lo bello), si no me hicieses dolorosamente pensar en mis semejantes, que forma contigo el más irónico contraste, la antíte­sis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te detesto. ¿Por qué vuelvo a ti, por milésima vez, hacia brazos amigos, que se abren para acariciar mi frente ardiente, cuya fiebre siento desa­parecer sólo a tu contacto? No conozco tu oculto des­tino, pero todo lo que te concierne me interesa. Dime entonces si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo… dímelo, océano (a mí sólo, para no entriste­cer a aquellos que no han conocido sino las ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levan­tan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que esta sea la últi­ma estrofa de mi invocación. Por lo tanto, una sola vez más, quiero saludarte y darte mi adiós. Viejo océa­no, de olas de cristal… Mis ojos se humedecen de abun­dantes lágrimas, y no tengo fuerzas para seguir, pues siento que ha llegado el momento de volver con los hombres de aspecto brutal; pero… ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, vie­jo océano!
(...)


Extraído del libro "Los Cantos de Maldoror", de Isidoro Ducasse -Conde de Lautréamont-

Big-Bang

el pájaro lineal
el rastro de sudor
la vibración de un grito licuándose en el aire
el movimiento tenue de membranas
los fuegos extinguiéndose en la hoguera

todo este corredor para el desgaste
para ir perdiendo fuerzas
como si sólo fuera cuestión de consumirse
como si pareciera
inútil
el latido
o fuera comparable
a un ruido intermitente de metralla

a veces me preguntas
qué pienso
qué acarreo
hacia la cárcel negra
qué cargo hacia los hilos de la araña
qué intento resolver ante lo absurdo
de un muro que bloquea la salida

supuestos de la gran egolatría
pensar
que el agua estará siempre a nuestro alcance
creernos
otra vez
una mentira

así desde el principio
errantes embusteros
jugando a postergarnos el mañana
apenas un puñado de energía
corriendo hacia el vacío
apenas desgraciados monigotes
creyendo sin creer la fantasía

lunes, 23 de noviembre de 2009

Crimen

ratas

ratas

reptan otra vez sus lenguas sucias sobre ti
y hay un sabor a nadie durando entre tus piernas
y la mancha de sangre
del pájaro que ha muerto
en un rincón de tu lecho tibio

siente

siente

llegas al dolor con un vacío de cenizas
y por ti
el día se marchita
tropieza el transeúnte
los ojos se derriten
y se nos cae de bruces
lo poco de honradez que nos quedaba

abajo

abajo

hacia donde caerá tu corazón
después que lo desprendan del anzuelo

viernes, 20 de noviembre de 2009

Náuseas

cuál será la palabra que puedo pronunciar
ahora que dialogo con los locos
ahora que hasta el más hijo de puta de los hombres
es un niño con hipo
un ciego que se da contra los vidrios
de hoteles cincoestrellas
qué puedo argumentar de mi cordura
cuando las prostitutas más putas son doncellas
cuando los harapientos vigilan su dominio
encima de un mercedes
y dios vende estampitas pornográficas
por un precio irrisorio
en la entrada ruinosa de la iglesia

sospecho que las cosas están rotas
y no sirve de mucho el menosprecio

y si no fuera así
qué poco importa
no estoy en condiciones de salvarme
ni en vísperas de hablar de la limpieza

así que no me sirve juzgar ni ser juzgado
no invento la canción que se supone
no miento la humedad de mis rincones
me trago sin pensar mi propio vómito

después escribo líneas paralelas

que las mires o no
es tu problema

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Pintorcito


carteles
nada más
pinto carteles

poco
para tanto que evitar

señales en caminos polvorientos

torcido trazo de agua
en la piel de una tarde con espinas

pésimos espantapájaros
carentes
de esperanza

nada más

cartelería
de baja producción
sin consecuencias

caligrafía estéril
balas de cabotaje
estrofas
recicladas
con plegarias

carteles malpintados a destiempo
y justo cuando arrecia la miopía

martes, 17 de noviembre de 2009

Nuevo Mester De Juglaría - I

EDUARDO DARNAUCHANS
"Cápsulas"

El pobre Juan de Dios, tras de los éxtasis
del amor de Aniceta, fue infeliz.
Pasó tres meses de amarguras graves
y tras lento sufrir
se curó con copaiba y con las cápsulas
de sándalo midi.

Enamorado luego de la histérica,
Luisa, una rubia muy sentimental,
se enflaqueció, se fue poniendo tísico,
y al año y medio o más
se curó con bromuro y con las cápsulas
de éter de Clertan.

Luego, desencantado de la vida
(un filósofo sutil),
a Leopardi leyó y a Schoppenhauer
y en un rato de "spleen"
se curó para siempre con las cápsulas
de plomo de un fusil.


domingo, 15 de noviembre de 2009

Señal De Ajuste

sale la antesala
y donde había nada late un perro
con los colmillos rotos
y por la retaguardia
escapa una mujer pintarrajeada
porque no es conveniente que se sepa
que se acostó con dios
toda la noche

lo vi con estos ojos

así como a ese mago seduciendo
con vidrios de colores
a una multitud en blanco y negro

estando como estaba aquel reptil
de vértice sinuoso
alrededor del cuerpo tumefacto
del ser que
prontamente
almorzaría

y se te hará difícil darme crédito
pese a que no escatimo ni una foto

tal vez la misma historia fuera cierta
si no hubiera a la entrada
un caballero impávido
gentil
siempre sonriendo
vendiendo las entradas

y tú no fueras parte de la fila

Propuestas Para Antes De Dormir

quisiera proponer otro dialecto
otra forma de intercambio
discutir algún color
transar las hojas secas del otoño
modificar los miedos más profundos
por lámpara o ceniza
amortiguar la lluvia de la pena
con una luz perpetua al otro lado
del túnel
y con las manos llenas de colores
después de haber raspado las paredes
quisiera
algunos nuevos libros polvorientos
escritos por humildes campesinos
poemas sin sentido
que ayuden a saltar al precipicio
periódicos esféricos
donde poder jugar con las palabras
y resumir el hambre y la miseria
después de escarmentar al miserable

quisiera estar contigo a cada instante
vestirme con tu piel
y comprenderte
sólo para sentir que me mintieron
y no era tan remota la distancia

quisiera dibujar de a dos el mapa
que lleve al punto exacto del encuentro
borrar del diccionario la prudencia
ser discapacitados para el odio

y discurrir de pájaros pintados
sobre tapices viejos
y desarmar las piezas de este mundo
para que todos pierdan la cabeza

quisiera proponer otro paisaje
mirar desde el pretil de tu ventana
contarte lo que pienso y lo que siento
oír tu corazón libre de miedos

jugar hasta morirnos de cansancio
jugar hasta alcanzar la última noche
y descansar después
serenamente
porque otros jugaràn
en nombre nuestro

sábado, 14 de noviembre de 2009

Ni Siquiera


apostados en la cuerda de tender
son presa fácil

desde allí
con ojo idiota

se convencen que me aterran
se autoengañan
dan sentido a su soberbia
desplegando dos paraguas color mugre
que simulan ser las alas del vampiro

les hubiera dedicado un salivazo

pero ya no pierdo el tiempo en tonterías

poco antes de olvidarlos por completo
arrojé
entre sus patas
dos monedas

terminaron devorándose entre ellos

viernes, 6 de noviembre de 2009

El Lunes

pienso que alguno de nosotros
debió impedir que vos te nos murieras

pero ahora la baraja está jugada
y ya no estás aquí
y es para siempre
y no voy a encontrarte en el taller

y no me esperarás con una broma
y no rechazaré de nuevo el whisky
y no podré quejarme por el timbre
del que te harías cargo un día de estos
y el lunes

lo prometo
llevo el auto
para que al fin arregles esas luces

y lo que duele más son tantas cosas

y nada duele menos este día

y ahora sé que nunca serás vos
cuando de nuevo suene mi teléfono

se me hace tan difícil entenderlo
y es tanta la humedad en las entrañas
en medio de esta música tan lejos
en medio de este viaje que aliviabas

y ahora qué me importa carl von weber
qué hago con el tiempo que guardaba
para estar junto a vos
para contarte
del diablo en el violín de paganini
del genio insoportable de sebastian
de cómo recobraste a leopoldo
y qué sentido tienen las hileras

de alternadores rotos y bobinas
si no estará el azul de tu uniforme
ni tu cabeza cana
ni tu nariz rojiza
y aquel mundo manchado con aceite
que fuiste transformando en un santuario

qué estábamos haciendo aquella tarde
a dónde fuimos todos
en qué pensaba yo
que me reía
a sólo un par de cuadras
y no pude evitar que resbalaras
y no intuí tu muerte
y nadie vio lo absurdo del instante
y nadie que impidiera la caída
que amortiguara el peso de tu cuerpo
que se aferrara a una de tus alas

y nada pesa más en este día
que no haber escuchado aquel presagio

y nada me resulta más estéril
que pretender buscarte en los recuerdos

y nada me daría más consuelo
que asesinar a dios
si es que existiera

martes, 3 de noviembre de 2009

Al Margen Del Margen - VIII

Gracias, Fernando